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Psicología cristiana

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 Ciencias Sagradas
Autor: Andreademardelplata (201.255.84.---)
Fecha:   09-15-04 17:42

Hola soy Psicologa y me estoy interesando por las ciencias sagradas,tengo un monton de ideas que tengo que juntarlas,mi camino viene por investigar sobre los angeles,sobre los monjes y todo aquello que no se muestra generalmente en las iglesias,deseo saber el poder de sanacion,exorcismos y todo lo relativo a esto.Espero me ayuden a poder segui investigando.
Gracias

Andrea de Mar del Plata

 
 Re: Ciencias Sagradas
Autor: Rey Zen (62.37.237.---)
Fecha:   09-17-04 06:14


ORIGEN Y NUMERO DE LOS ANGELES
La existencia de los ángeles es debida a un acto de la voluntad de Dios que los sacó de la nada. Esto es de fe: « Creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, creador de las cosas visibles, como este mundo donde transcurre la presente vida fugaz, y de las cosas invisibles, como son los espíritus puros, llamados también ángeles... » '. El momento de su creación, es decir, si fueron creados antes o después del mundo material, es cuestión disputada. Arrighini, siguiendo a Orígenes, cree posible que la creación de los ángeles no haya tenido lugar antes ni después, sino « en el mismo instante en que Dios creó el cielo y la tierra. No después, argumenta, porque las sustancias corpóreas no habrían podido existir sin las angélicas que las gobiernan...; no antes, porque la irresistible actividad angélica, aunque totalmente inmaterial, no puede estar sin la materia del universo donde ejercita sus operaciones» Z. Arrighini apoya su opinión en el parecer agustiniano según el cual « todos los cuerpos son movidos por los ángeles », invocando la sentencia parecida de San Gregorio Magno, citada por Santo Tomás en la Suma Teológica: « En este mundo visible nada puede ser puesto en movimiento y orden sino a través de una criatura invisible. Así, todo el mundo corporal visible ha sido hecho para ser movido y gobernado por el mundo invisible de los espíritus » 3. Con todo, el tema es de libre discusión. El Concilio IV de Letrán, lejos de precisar la cuestión, la evita y pasa por alto: « En el principio del tiempo Dios con su poder y omnipotencia creó del mismo modo las criaturas: espirituales y corporales, angélicas y terrestres ».

La otra cuestión, igualmente no resuelta y de libre discusión, que ha empeñado a los teólogos, sobre todo escolásticos, en prolongadas y animadas disputas, versa sobre « el lugar » de la creación de los ángeles. Estas discusiones se continúan en las relacionadas con la pura espiritualidad de la naturaleza angélica, como la diferencia de un ángel a otro, es decir, si son de la misma especie o cada uno constituye una especie distinta, sobre el modo de comunicar entre sí y su manera de actuar en los lugares, sobre su acto de voluntad, etc. Estas cuestiones, además de ser de libre discusión, son también secundarias bajo el punto de vista dogmático'.
No se discute y se acepta unánimemente la extraordinaria multitud de los ángeles. El tema no carece de atractivo e interés y merece se trate un poco más ampliamente.
Según algunos, el número de los ángeles es igual al número de las hombres que existirán desde Adán hasta el fin del mundo. Otros afirman que son cien veces más. Los ángeles caídos solos - que serían la tercera parte de los espíritus puros creados por Dios - oscurecerían e1 sol del mediodía, si fuesen materiales. Piénsese lo que se quiera de estas afirmaciones, queda no obstante indubitable que el número de los ángeles existentes es extraordinario e, incluso, fantástico.
En Daniel (7, 10) y en Apocalipsis (5, 11) se habla de « millares » y « miríadas de centenares de miles » de ángeles. Ellos, dice Dionisio Areopagita, « transcienden la débil y estrecha medida de nuestros números materiales ». La razón de esto, dice el Doctor Angélico, está en que Dios en la creación de las cosas intenta principalmente la perfección del universo, de manera que cuanto más perfectos son los seres en tanto mayor número han sido criados por Dios » 5.
Las revelaciones de los Santos confirman lo dicho en la Escritura y los argumentos de la teología.
Santa Francisca Romana vio en éxtasis a los ángeles que al salir de las manos del Creador formaban como una copiosísima nevada.

Con palabras incomparables escribe la Beata Angela de Foligno: « Veía a Jesucristo descender del cielo, rodeado de innumerables cuadrillas resplandecientes... Era tanta la multitud de estas filas llameantes que, de no haber sabido que Dios hace todo con medida, hubiera creído que eran innumerables. Era, en efecto, tanta su multitud que los ojos y la mente se perdían; tan cuajado de luces estaba lo que nosotros llamamos longitud, anchura, profundidad. El abismo tenía todas las dimensiones únicamente para abrirse totalmente a la desesperación » 6.

(1) El Credo del Pueblo de Dios, pronunciado por el Santo Padre Pablo VI en la clausura del Año de la Fe, el 30 de junio de 1968. Cfr. AAS 60 (1968), 436.
(2) A. Arríghini, ob. cit., P. I, pp. 35-36.
(3) Santo Tomás, Suma Teológica, P. L, q. 110, a. 1.
(4) C. Vaggagini en la voz Angeli de la Enciclopedia Cattolica, Cittá del Vaticano (1948-1954), vol. I, col. 1249-1251.
(5)( )Santo Tomás, La Somma Teologica, P. I, q. 50, a. 3, Salan¡ Editore, Florencia, 1952-1975. En español existe una traducción en 16 volúmenes, en La Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), Madrid, 1947-1960.
6 Il Libro della Beata Angela da Foligno, Salan¡ Edítore, Florencia.

ESTAN PRESENTES A LOS RITOS SAGRADOS Y ORAN CON NOSOTROS

Los Santos del cielo (Iglesia triunfante), las almas del purgatorio (Iglesia purgante) y los cristianos de la tierra (Iglesia militante) forman una unidad, como un imperio sin confines del que las tres Iglesias son los diversos continentes. Unico soberano de ellas es Dios, y la caridad, la ley que regula e informa las relaciones y conducta de todos sus componentes, porque el Señor es ante todo y esencialmente Amor. Por esta ley de amor los que están en la Iglesia militante piden favores a los de la Iglesia triunfante y ofrecen sufragios por los de la Iglesia purgante, mientras que los de entrambas Iglesias ayudan a los primeros. Es éste el sentido de la Comunión de los Santos, de la que, no es necesario decirlo, forman parte también nuestros ángeles. De aquí se deduce que éstos no sólo intervienen providencialmente en las cosas humanas, sino que participan también en todas las acciones en que se desarrolla la vida de la Iglesia militante, porque « la Iglesia es algo más que una simple sociedad religiosa humana », ya que a ella « pertenecen también los ángeles y santos del cielo . San Agustín afirma: « Formamos con los ángeles una única Ciudad de Dios ».
Por lo mismo, los ángeles asisten a los sacramentos de la penitencia, matrimonio, santo bautismo, orden, eucaristía, velación de las vírgenes consagradas, a las elecciones del sucesor de Pedro y de los obispos... San Ambrosio, de acuerdo con San Cirilo y San Gregorio Nacianceno, sostiene que la renuncia al demonio en el bautismo se hace en presencia de los ángeles: « Esto no debe ser ignorado ni negado: es el ángel el que anuncia el reino de Dios y la vida eterna ».
Pero donde la presencia de los espíritus celestes se señala mayormente es en las oraciones del sacerdote y de los fieles, en la salmodia de los monjes y en la celebración del misterio eucarístico.
Clemente Alejandrino dice que el gnóstico « ora con los ángeles... incluso cuando reza solo tiene consigo el coro de los ángeles que permanece con él ». Y Orígenes: «No es sólo el Sumo Sacerdote
el que ora con los que oran sinceramente, sino también los ángeles bienaventurados del cíelo... Es de creer que allí (en el « lugar de la oración donde se juntan los creyentes ») potencias angélicas participen a las asambleas de los fieles. Allí desciende la fuerza del mismo Salvador donde se reúnen los espíritus de los santos... Si la presencia angélica se puede probar de la expresión: « El ángel del Señor dará vueltas alrededor de los que temen a Dios y los librará » (Sal. 33, 8), si Jacob afirma la verdad no sólo en lo que a él se refiere sino también de los que están consagrados a Dios cuando habla del « ángel que me libró de todo mal » (Gen. 48, 16), es muy creíble que cuando muchos están reunidos legítimamente para la gloria de Cristo, el ángel de cada uno dé vueltas alrededor de cada uno de los que temen al Señor, si se halla con el hombre que tiene el oficio de guardar y dirigir; de manera que cuando los santos están reunidos hay dos Iglesias, la de los hombres y la de los ángeles. Si Rafael, prosigue Orígenes, dice haber ofrecido la oración del solo Tobías en memorial (Tob. 12, 12), y después la de Sara, que por su matrimonio con el joven Tobías sería su nuera, ¿qué deberá decirse cuando se da el caso de reunirse muchos en oración en un mismo lugar y con un mismo pensamiento y forman un solo Cuerpo de Cristo? ». Comenzando con una simple afirmación (« No es sólo el Sumo Sacerdote...) Orígenes continúa y acaba el discurso con una opinión (« Es de creer ») que es al mismo tiempo convicción autorizada por la Escritura y por argumentos sin réplica. Espíritus selectos de la Iglesia, de todos modos, lo ayudan, para hacer más valiosas sus palabras.
Santa Matilde conoció por inspiración divina « el modo cómo los santos ángeles asisten al justo en todo el bien que hace: cuando uno lee los salmos o otras partes de la Escritura o se dedica a alguna buena obra, los ángeles están presentes » . Por su parte, San Bernardo recuerda a los monjes en su regla que el Oficio Divino se recita en presencia de Dios y de sus ángeles. El santo apoyaba esta afirmación en la experiencia. En efecto en la iglesia de Claraval había visto a los espíritus angélicos cantar con los religiosos. También San Francisco debió tener un privilegio semejante. Al menos todo lo hace suponer: su gran veneración por los ángeles, en particular por San Miguel « en cuyo honor... ayunaba con gran devoción cuarenta días », las visiones - que parece fueron frecuentes - de espíritus celestes, entre ellas la del serafín que lo hirió en el Verna y la otra del ángel que lo hizo extasiar con la « maravillosa armonía y melodía de una cítara »; pero sobre todo el siguiente paso de Celano: « Como en el coro se cantaba en la presencia de los ángeles, quería (Francisco) que acudiesen todos los que podían y allí salmodiasen devotamente ».
Una noticia transmitida por San Nilo nos hace saber que San Juan Crisóstomo vio repetidas veces la iglesia llena de ángeles, especialmente durante la santa Misa. La noticia la confirma el mismo San Juan Crisóstomo. Sólo se diferencian en pequeños detalles. Uniendo las dos relaciones, sabemos lo siguiente:
Al prepararse el sacerdote para celebrar el rito sagrado, escuadrones de espíritus angélicos, adornados con vestidos resplandecientes y con los pies descalzos bajan del cielo y se colocan al rededor del
altar « como los guerreros en la presencia de su rey ». Al llegar el momento de la comunión, los ángeles rodean con gran respeto y reverencia al obispo, sacerdotes y diáconos que distribuyen las sagradas Formas a los fieles.
« ¿No sabes, afirma un antiguo escritor armeno, que en el momento en que el Santo Sacramento se pone en el altar, se abre el cielo y Cristo baja de allí y viene, los ejércitos celestes vuelan del
cielo a la tierra, rodean el altar donde se celebra el Santo Sacramento del Señor y todos son llenos del Espíritu Santo? ».


Creemos tan obvia e indiscutible la presencia de los ángeles a la celebración del misterio eucarístico que no quisiéramos insistir más. ¿Qué otra circunstancia, en efecto, más importante que la Santa Misa, que la celebración de los misterios pascuales, cima, centro y causa de la unidad de la Iglesia justificaría su participación?: « El Hijo de Dios está en el altar... rodeado de una multitud de ángeles », dijo una vez la Beata Angela de Foligno, al prepararse a recibir una vez al Señor en la Hostia. La misma Beata cuenta: « Otro día, mientras se decía la Misa, fui elevada en espíritu y tuve una nueva y clara inteligencia de cómo Jesucristo viene al Santísimo Sacramento... Veía a Cristo Jesús descender del cielo, rodeado de innumerable ejército resplandeciente de luz ».
El padre Ignacio, pasionista, de la Escala Santa, director espiritual de Eduvigis Carboni, una estigmatizada de Cerdeña, muerta en Roma en 1952, ha testimoniado en el libro del P. Basilío Rosati
« Lirio sobre la Cruz », consagrado a la misma: « Varias veces Eduvigis me dijo que, cuando celebraba la Misa, mírase a lo alto y que vería a los ángeles asistir al Santo Sacrificio » ".
De estas revelaciones de San Juan Crisóstomo y de la Beata Angela de Foligno podemos observar que a la celebración de los misterios pascuales asisten dos distintos ejércitos angélicos: uno que está junto al celebrante desde el principio del ríto; otro que hace de escolta a Jesús en el momento solemne de la consagración. Esta observación la confirma santa Brígida: « Mientras el sacerdote se aproximaba a la consagración, un número sin fin de querubines... hacía vibrar el éter con sonidos y cantos inefables. Después que el sacerdote había proferido las palabras de la consagración (Brígida) vio que la Hostia se cambiaba en un blanco y místico cordero... A su fulgurante aparición le hacían escolta la Virgen y las alegres guirnaldas de los serafines, los Amores del cielo »

COMO SE APARECEN
Los místicos distinguen tres clases de visiones: intelectuales, irnaginarias y corporales. Pertenecen a las primeras aquellas en que el objeto - Cristo, la Virgen, un ángel, un santo o el alma de un difunto - es percibido por el entendimiento sin participación de los sentidos externos o internos (la imaginación, los ojos). Entonces no se ve nada, pero el alma conoce muy claramente cual es el objeto que representa (1). Más claras y sutiles que las otras dos, estas visiones perduran si se cierran los ojos, quedan estampadas indeleblemente en la memoria y « el efecto que hacen en el alma es quietud, iluminación y alegría a manera de gloría, suavidad, limpieza y amor, humildad y inclinación del espíritu en Dios>>(2). Diferentes son las visiones imaginarias. Menos excelentes que las intelectuales, se obran mediante la imaginación, tanto estando despiertos como en el sueño. Carecen de la inteligibilidad inmediata y perfecta de las primeras y pueden ser producidas tanto por un espíritu bueno como por uno malo.
Finalmente, las visiones corporales son aquellas en que, mediante el órgano de la vista, un objeto invisible por su naturaleza se percibe externamente, bajo una figura material y sensible. En este caso las visiones corporales reciben el calificativo más exacto de apariciones. También éstas, como las imaginarias, pueden ser causadas por los espíritus malignos (3).


Al tratar con los hombres, los ángeles toman ordinariamente formas humanas, pero no sin dejar traslucir en la materia - ficticia o provisionalmente real - algo de su excelente naturaleza. Por esto se
manifiestan invariablemente con aspecto juvenil, rodeados de luz, con facciones maravillosas, manifestando prestigio y poder excepcionales. « Levanté los ojos y he aquí que vi un hombre, vestido de lino, con los riñones ceñidos de oro puro; su cuerpo era como de crisólito, su rostro resplandecía como el relámpago, sus ojos eran como brasas de fuego, sus brazos y pies parecían de bronce bruñido y el sonido de su voz era como rumor de muchedumbre » (Dan. 10, 5-6). Así se manifestó el arcángel Gabriel al profeta Daniel. El ángel que se aparece a Josué manifiesta su poder con « una espada desenvainada » (Jos. 5, 13). Los querubines, puestos a la puerta del Edén al ser Adán y Eva expulsados del paraíso, están armados « de una espada llameante » (Gen. 3,24). En Tobías (5, 5) el arcángel Rafael disimula su verdadero ser bajo la figura de un « joven », y mientras en Juan (20, 21) los ángeles están « vestidos de blanco », en Lucas y Mateo aparecen con rostro fulgurante y vestidos blancos como la nieve, y en los Hechos de los Apóstoles « con vestidos blancos resplandecientes » (Act. 1, 10; 10, 30; 12, 7). Como en la Escritura, también en las visiones de los Santos, el resplandor y una blancura extraordinaria en las vestiduras, junto con la belleza y juventud son detalles que siempre se encuentran.
Santa Francisca Romana veía a su ángel custodio con la figura de un niño de nueve años, con los ojos y el rostro siempre mirando al cielo, las manos cruzadas ante el pecho y los cabellos esparcidos sobre la espalda en rizos de oro. Le cubría un hábito blanco como la nieve y encima una túnica de color todavía más blanco, alternando con el azul celeste y el color de púrpura. La túnica le llegaba hasta el talón, dejando al descubierto los piececitos desnudos cuya limpieza quedaba inalterada incluso al tocar el fango de las calles (4).
El ángel de la venerable Madre Juana María de la Cruz era alado, más refulgente que el sol_ y bello sobremanera: Llevaba hábitos blanquísimos y una corona en la cabeza, la señal de la cruz en la frente,
y en toda su persona incripciones simbólicas y toda clase de imágenes de la Pasión (5).
Santa Teresa de Avila nos describe de esta manera el ángel que le transverberó el corazón con el dardo encendido: « No era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía
de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan (deben ser los que llaman querubines » 6. Como se cambiaban las cartas, de la misma manera Santa Gema y el Padre Germán acostumbraban cambiarse los ángeles. El celeste mensajero del Padre espiritual se aparecía a la Santa con una estrella luciente sobre la cabeza. No basta la simple imaginación para concebir así a un morador del paraíso. Ni incluso la « alta fantasía » de Dante fue capaz de imaginar algo semejante. Un ángel con una estrella que luce sobre su cabeza: óptimo argumento, sea dicho sin bromear, para los pintores modernos carentes de inspiración.
Por su parte, el Padre Lamy nos ofrece una descripción circunstanciada y muy especial de las criaturas angélicas, que no suele encontrarse en esta especie de apariciones: « Mí ángel custodio tiene la cabeza más bien redonda, un rostro bellísimo, los cabellos negros y ondulados. Gabriel lleva la cabeza a todos los ángeles. Es por esto principalmente por lo que conozco si se trata de un ángel de jerarquía superior. Una cosa muy hermosa que tienen son los espejos de oro de forma irregular, a manera de mosaico, que revisten toda la persona: un espejo luce aquí, más allá otro, alternándose constantemente. Ellos reciben la luz de Dios ». Rodeados de luz, visten una túnica que les llega a las rodillas, con mangas hasta el codo. Una pequeña falda que les cubre la parte inferior del cuerpo completa su traje, que es de un color muy blanco, dulce a la vista, nada parecido al blanco terrestre y muy difícil de describir(7).
No hay que decir que el estupor, la alegría, la admiración y el rapto son los efectos de tales apariciones.
Habiendo visto bajar a Jesús al altar en el momento de la consagración de la Hostia, « rodeado de innumerables escuadrones resplandecientes de luz, dice la Beata Angela de Foligno, yo me maravillaba de experimentar alegría con tal vista, yo que solía alegrarme sólo de la visión de Jesucristo » (8).
« ¡Qué hermoso es! », decía Santa Gema,de su celestial amigo. Y le hace eco María de Santa Cecilia de Roma (+ 1929): « ¡Qué bello es mi ángel custodio! »(9). Oigamos una vez más al Padre Lamy:
« Cuando veis juntos medio centenar de ángeles, os quedáis maravillados; no pensáis entonces en orar a Dios ». Aquellos espejos de oro que continuamente se mueven, ¡diríase que son otros tantos soles! ¡Qué espectáculo maravilloso debe ser en el cielo el de millones de ángeles volando! (10).
Estupor, alegría, admiración, rapto, son, pues, los efectos de las apariciones. Estas con todo no son repentinas sino ordinariamente están precedidas por un sentimiento inicial, normalmente breve, de turbación e, incluso, de terror.
« Un terror » y « un temblor que le hizo temblar todos los huesos » se apoderó de Job y « se le erizaron los pelos de la carne » a la vista del « fantasma » de un espíritu celeste (Job 4, 15-16). « Gabriel vino hacia donde yo estaba, y al tenerlo cercano, quedé aterrorizado y caí con el rostro en tierra... Y mientras el « Arcángel » hablaba me desmayé, quedando con la cara junto a la tierra » cuenta Daniel (8, 17-18).
« Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo ». Lucas añade que María « se turbó al oír estas palabras » (Lc. 1, 28-29), evidentemente herida en su humildad. No dice que quedó turbada por causa de la aparición. « Humilde y elevada sobre toda criatura », colocada ab aeterno por encima de los mismos ángeles, Ella estaba libre de las impresiones que estos espíritus suelen suscitar en los hombres con sus apariciones. El descubrimiento de la realidad y grandeza del Invisible y del abismo que nos separa de Dios, conocidos mediante la aparición refulgente y la gracia de un ángel, no puede dejar indiferente a los demás, aunque se trate de Santos. Como ante cualesquier manifestación de grandeza o poder ésta aterra y hace temblar

en la medida en que las apariciones los manifiestan o se está preparados espiritualmente a su recepción.
A la aparición terrorífica de Gabriel, Daniel se desmaya. A1 revelar Rafael la propia identidad « los dos (Tobías) se sobrecogieron de temor, cayeron con el rostro en tierra y temieron » (Tob. 12, 16). A la vista de Gabriel « Zacarías se turbó y llenó de temor » (Lc. 1, 12). El ángel del nacimiento de Cristo llena de espanto a los pastores. Por el temor del Angel de la Resurrección « los guardias quedaron aterrados y como muertos »... Uno que fue favorecido con la aparición de San Miguel - lo veremos en el último capítulo - se sintió tan conmovido que, lanzando un grito, perdió los sentidos y cayó por tierra. La aparición del Angel de Portugal causa en los pequeños Videntes un alegre estupor mezclado de grande miedo. Y he aquí otra constante que se observa en estos casos: la recomendación angélica a la calma.
« No temáis, la paz sea con vosotros » (Tob. 12, 16); « No temas, Daniel » (Dan. 10, 1); « No temas, Zacarías » (Lc. 1, 13); « No temáis », dice el ángel de Navidad a los pastores; « No temáis vosotras », exhorta también el ángel de la Resurrección a las Marías, también ellas llenas de miedo; « No tengáis miedo », hemos oído al decir Angel de Portugal a los niños de Fátima; « Ne crains rien », oiremos decir a las « Voces » a Juana de Arco. Oh, no haya temor. No nos irritemos, ni nos angustiemos en el zarzal de la duda. Esta constante de las apariciones angélicas - testimoniada por protagonistas humanos separados entre sí por enormes distancias de tiempo y lugar, frecuentemente ignorantes, por no decir analfabetos, y sin saber los unos de los otros - es otra prueba indiscutible de su autenticidad.
Pero las apariciones angélicas no inquietan únicamente por la rapidez y circunstancias dramáticas en que tienen lugar. El contacto con lo sobrenatural, de cualquiera manera que ocurra, es algo que perturba, incluso cuando se está habituado. A la vista del ángel en compañía del hijo Evangelista, Francisca Romana se llena de espanto. Por su parte, Gema escribe al Padre Germán: « Tuve una visita de mi ángel custodio. Al verle, me turbé un poco y tuve un poco de miedo » ".

Esta sensación de turbación y miedo es, segun los místicos, un indicio válido del origen divino de las apariciones, ya que puede suceder, como hemos dicho, que sean causadas por los espíritus malignos. « Y no hay que maravillarse, porque también Satanás se transforma en ángel de luz » (2. Cor. 11, 14). « Sería fácil, dijo el Señor a Santa Catalina de Sena en una aparición, iluminar tu alma por medio de una inspiración que te hiciese distinguir una visión de la otra. Pero para ayudarte y a los demás, quiero enseñarte que lo que dicen los Doctores, instruidos por Mí, es verdad. Las visiones mías, al comienzo, causan miedo, pero después se pierde; comienzan con amargura, pero poco a poco se cambia en dulzura. Lo contrario ocurre en las visiones del enemigo, por razón de su origen. Se presentan como verosímiles y atraen, pero después dejan en el ánimo de los que las ven un sentimiento de pena y náusea », a la que sigue « la insinuación en el ánimo de cierta estima propia y presunción de sí mismo », propia del « padre de la mentira » y del « rey de los hijos de la soberbia » (12), además de rebelión contra la autoridad, desviaciones doctrinales, posturas y acciones sospechosas. Efectos todos estos opuestos a los de las apariciones verdaderas, las cuales « fortifican en el alma las virtudes de la humildad, obediencia, paciencia y conformidad a la voluntad de Dios »(13), engendran en ella « paz profunda, deseos constantes de agradar a Dios, y gran desprecio de todo lo que no la lleva a El » (14).
Sin embargo, las visiones - corporales e imaginarias - constituyen un peligro: Quien las recibe está obligado a manifestarlas a su director espiritual, no debe desearlas y puede recibirlas, lo más, con indiferencia y no sin precaverse contra eventuales engañas de los espíritus malignos, con alguna medida oportuna, como invocar el nombre de Dios, de Jesús y María, hacerse la señal de la cruz, usar agua bendita (contra la cual tienen ojeriza algunos progresistas que quisieran verla desaparecer de la iglesia juntamente con las pilas). Santa Gema, cuantas veces se le aparecía su ángel o el del Padre Germán, los invitaba a repetir el saludo: « ¡Viva Jesús! ¡Bendito el nombre de Jesús y María! ». A veces las apariciones respondían: « ¡Viva, bendito! », sin completar la frase. Convencida de que se trataba de ángeles malos disfrazados, la Santa los rechazaba con energía. Una vez que se le presentó su ángel custodio, Gema amenazó: « Si te ha mandado el Diablo, te escupo en la cara » (15), pero se contuvo. Otra vez repitió la amenaza y la ejecutó, pero « el ángel se detuvo y allí donde cayó la saliva, al pie del ángel, nació una rosa blanca en cuyas hojas estaba escrito can letras de oro: « Del amor todo se recibe » (16).
He conocido a cierto individuo que afirmaba tener apariciones celestes, pero su falsedad era pronto clara a toda persona de buen juicio, constatando la manía que éste tenía de hablar de ellas a todos, dejando a un lado sus modales exteriores, no menos sospechosos que las amenidades de que estaban llenas sus pretendidas visiones. Dio cuenta de ellas también al Padre Pío: « Padre, yo tengo visiones », le dijo. El Padre le replicó gravemente con los ojos abiertos - como solía hacer en casos parecidos - « Esperemos que mis visiones no sean como las tuyas ».
Las llamadas a la prudencia, sobre las cuales insisten tanto los místicos y los tratadistas de mística, tienen fundamento. Taras psíquicas, presunción, escaso espíritu de humildad y prudencia, interferencias demoníacas pueden engañar. Con relación a estas últimas se quedan a primera vista desconcertados al pensar cómo Dios permite que ni siquiera sus almas privilegiadas se vean libres de ellas. Estas interferencias constituyen ante todo un derecho que les viene a « las sombras de la muerte » de la transmisión de la primera culpa, por el consentimiento de la primera pareja a las seducciones del Diablo tentador. Es interesante escuchar a San Juan de la Cruz:
« Algunas veces el demonio echa de ver alguna merced que Dios quiere hacer al alma, porque las que son por este medio del ángel bueno, ordinariamente permite Dios que las entienda el adversario; lo uno, para que haga contra ellas lo que pudiere según la proporción de la justicia, y así no pueda alegar el demonio de su derecho, diciendo que no le dan lugar para conquistar al alma, como hizo de Job (1, 9-12); lo cual sería si no dejase Dios lugar a que hubiese cierta paridad entre los dos guerreros, conviene a saber, el ángel bueno y el malo, acerca del alma, y así la victoria de cualquiera sea más estimada, y el alma victoriosa y fiel en la tentación, sea más premiada.
Donde nos conviene notar que ésta es la causa por qué, a la misma medida y modo que va Dios llevando al alma y habiéndose con ella, da licencia al demonio para que de esa misma manera se
haya él con ella: que si tiene visiones verdaderas por medio del ángel bueno - que ordinariamente son por este medio (aunque se muestre Cristo, porque él en su misma persona casi nunca parece) - también da Dios licencia al ángel malo para que en aquel mismo género se las pueda representar falsas, de manera que, según son de aparentes, el alma que no es cauta fácilmente puede ser engañada, como muchas de esta manera lo han sido. De lo cual hay figura en el Exodo, donde dice que todas las señales que hacía Moisés verdaderas hacían también los mágicos de Faraón aparentes; que si él sacaba ranas, también ellos las sacaban; si él volvía el agua en sangre, ellos también la volvían.
Y no sólo este género de visiones corporales imita, sino también en las espirituales comunicaciones cuando son por medio del ángel, alcanzándolas a ver, como decimos, porque, como dice Job, omne
sublime videt (41, 25), imita y se entremete. Aunque en éstas, como son sin forma y figura (porque de razón del espíritu es no tenerla), no las puede él imitar y formar como las otras que debajo de alguna especie o figura se representan; y así, para impugnarla, al mismo modo que el alma es visitada, represéntale su temor espiritual, para impugnar y destruir espiritual con espiritual. Cuando esto acaece así, al tiempo que el ángel bueno va a comunicar al alma la espiritual contemplación, no puede el alma ponerse tan presto en lo escondido y celada de la contemplación, que no sea notada del demonio y la alcance de vista con algún horror y turbación espiritual, a veces harto penosa para el alma. Entonces algunas veces puede el alma despedir presto, sin que haya lugar de hacer en ella impresión el dicho horror del espíritu malo, y se recoge dentro de sí, favorecida para eso de la eficaz merced espiritual que el ángel bueno entonces le hace.
Otras veces prevalece el demonio y comprende al alma la turbación y el horror, lo cual es al alma de mayor pena que ningún tormento de esta vida le podría ser, porque, como esta horrenda comunicación va de espíritu algo desnuda y claramente de todo lo que es cuerpo, es penosa sobre todo sentido. Y dura esto algún tanto en el espíritu; no mucho, parque saldría el espíritu de las carnes con la vehemente comunicación del otro espíritu. Después queda la memoria, que basta para dar gran pena.
Todo esto que habemos dicho pasa en el alma pasivamente, sin ser ella parte en hacer ni deshacer acerca de ella. Pero es aquí de saber que, cuando el ángel bueno permite al demonio esta ventaja de alcanzar al alma con este espiritual horror, hácelo para purificarla y disponerla con esta vigilia espiritual para alguna gran fiesta y merced espiritual que le quiere hacer el que nunca mortifica sino para dar vida, ni humilla sino para ensalzar (1 Re. 2, 6-7); lo cual acaece de allí a poco que el alma, conforme a la purgación tenebrosa y horrible que padeció, goza de admirable y sabrosa contemplación espiritual; a veces tan subida, que no hay lenguaje para ella. Pero sutilizóle mucho el espíritu para poder recibir este bien el antecedente horror del espíritu malo; porque. estas visiones espirituales más son de la otra vida que de ésta, y cuando se ve una, dispone para otra » (17).

(1) Santa Teresa, Moradas VI, cap. VIII, n. 2, Ed. de la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1972.
(2) S. Juan de la Cruz, Subida, L. II, cap. 24, n. 6, ob. cit.
(3) El alma es un templo que los demonios no pueden violar. Nadie, fuera de Dios o quien esté en su lugar, puede escudriñar sus secretos o influenciarla. He aquí el por qué las visiones intelectuales no pueden ser producidas por el espíritu maligno. Pero éste puede, sin embargo, influir sobre el alma a través de los sentidos internos y externos, indirectamente, con las visiones imaginarias y corporales respectivamente.
(4) Görres, ob. cit.
(5) Ibidem.
(6) Santa Teresa, Autobiografía, cap. 29, n. 3.
(7) Conde P. Biver, ob. cit.
(8) Il Libro della Beata Angela da Foligno, ob. cit.
(9) Canto d'Amore: Autobiografia di Madre Maria di Santa Cecilia di Roma, L.I.C.E., Turín.
(10) Conde P. Biver, ob. cit.
(11) Lettere di Santa Gemma Galgani, carta 114, ob. cit.
(12) Raimundo de Capua, Caterina da Siena, I, § 85, Cantagalli, Siena.
(13) A. Tanquerey, Compendio de Teología Ascética y Mística, n. 1504, Desclée, 1930.
(14) Santa Teresa, Moradas VI, cap. VIII, nn. 3-4.
(15) Lettere di Santa Gemma Galgani, carta 114, ob. cit.
(16) Ibidem, carta 5, nota 2.
(17) S. Juan de la Cruz, Noche oscura, L. II, cap. XXIII, nn. 6-10.


LA CAIDA DE LOS ANGELES
Los ángeles, sustancias simples, de naturaleza esencialmente espiritual, tan imponderables que no se pueden comparar ni aun con el átomo, contables « a miríadas de centenares de miles », creados por Dios de la nada, no gozaban, sin embargo, de la visión divina. Sabían las leyes por las que se gobierna el mundo, gozaban de la intuición perfecta de su propia naturaleza espiritual, pera no conocían sino imperfectamente el orden que estaba por encima de ellos. Los principales misterios sobrenaturales se les habían revelado en la oscuridad de la fe, de modo que veían a Dios como en un espejo, reflejado en su propio ser angélico y en la creación. Su felicidad era natural, es decir, conforme a la capacidad y atributos convenientes a su naturaleza.
Dios, que los amaba, quiso hacerlos, de creaturas que eran, hijos, haciéndoles participantes de su mismo ser, de su misma naturaleza divina: elevándolos al orden sobrenatural. Según una imagen del Doctor Angélico, los ángeles eran como la luz de la tarde y Dios quiso mudarlos en luz fulgurante del mediodía. Un cambio posibilítado con la inserción en su espíritu de una fuerza nueva, de un principio vital que los ennoblecía y los hacía capaces de una actividad más excelente: la gracia santificante.
Con ella los ángeles conseguirían su último fin: la elevación a la visión de Dios. Pero, siendo libres, con plena autonomía volitiva, debían merecerla. La elevación a la gloria debía ser algo ganado, el resultado de una elección personal, corno la adhesión espontánea a Dios por amor y gratitud, y un acto de humildad que la justicia divina exigía se manifestase en 1a aceptación de la ayuda de la gracia, necesaria para la elevación de los ángeles al mediodía de la Vida.
Los ángeles, pues, debían superar una prueba. Y ésta llevaba consigo un riesgo. Superando la prueba, los ángeles verían a Dios « cara a cara » (1 Cor. 13, 12) y no en la oscuridad de la fe, en el espejo de la propia esencia o en la creación, sino inmediata y directamente, sumergidos en el océano sin límites de su caridad y de su luz, perdidos en la inmensidad de su sabiduría, en su infinita belleza y perfección, arrastrados por el torrente de su felicidad. Un naufragio que, dejando de lado la consideración del respeto de Dios por la libertad de sus criaturas, nos parece justifica la condición puesta como precio para lograrlo.
Por desgracia, los ángeles se extraviaron. Lucifer, la más eminente de las creaturas angélicas en resplandor, inteligencia y poder, dio principio al extravío. A la imprescindible necesidad de la gracia
y a la generosidad del Señor que lo había enriquecido, respondió con la autosuficiencia, la pretensión de obrar por su cuenta, de subir a lo alto, fiado únicamente de sus recursos naturales: « Subiré hasta el cielo... seré semejante al Altísimo » (Is. 14, 12).
La expresión bíblica parece aludir a un propósito de Lucifer de destronar incluso a Dios y colocarse él en su puesto. Con todo - observa Santo Tomás - no hay que pensar que semejante locura haya
podido brotar en un espíritu tan inteligente. En realidad su falta debió consistir al principio en una estima y complacencia propia erradas, a las que siguió, como efecto inevitable, la debilitación de sus relaciones con Dios y la pretensión orgullosa de obrar por su cuenta, hasta llegar a negar el derecho al amor y gratitud a Aquel que lo había sacado de la nada, y a mirar a su Bienhechor como a un intruso. ¡Es lo que sucede a los hombres! « Considere, dice San Juan de la Cruz, cuánto daño fue para los ángeles gozarse y complacerse de su hermosura y bienes naturales... y cuántos males siguen a los hombres cada día por esa misma vanidad » (1).
El pecado de Lucifer fue un pecado de egoísmo. De ahí procedió el sueño ambicioso de una disposición y dominio autónomos, libres de toda participación e ingerencia divinas.
El primer ángel pretendía dar origen a una especie de reino independiente en el que él, como cabeza, habría sido el objeto de la adoración y homenaje que él mismo había negado al Creador, si es verdad - como piensa Santo Tomás - que ambicionaba también imitar a Dios creando.
Lo que de ahí se siguió, apenas podemos concebirlo con nuestra débil imaginación. Entre las criaturas celestiales más eminentes había una que la Escritura llama Miguel. Colocado a la cabeza de la multitud que había rechazado las sugestiones de Lucifer, se levantó contra éste y los demás ángeles prevaricadores. Miguel echó en cara a Lucifer su locura, lo atacó con la fuerza de argumentos y afirmaciones intelectuales sin réplica (2), expresados en la Escritura con la breve proposición interrogativa - de ahí le viene su nombre - Mi-cha-El, que significa: ¿Quién como Dios?
Se puede imaginar que, en la turbación y confusión que seguramente tuvieron, los ángeles rebeldes tentasen un desquite rabioso y desesperado, y las ideas y voluntades encontradas se midiesen en un
combate tan veloz como rudo y violento. De repente, los rebeldes se debieron sentir despojados y sin fuerza, al privarlos Dios, inmediatamente, de su gracia.
Un escalofrío, como de un relámpago siniestro, debió extenderse y recorrer el cosmos. Tal vez por un instante faltó la luz de las estrellas y los astros suspendieron su eterno y armonioso movimiento. Sobre el rostro de Dios se debió dibujar una sombra.
Fue una ruina sin nombre.
Con la velocidad del rayo, aquel bellísimo rebelde « hijo de la aurora », luciente como la estrella de la mañana » (Is. 14, 13) quedó tan feo que hacía helar de espanto. Después, herido por una fuerza irresistible, « cayó del cielo como un rayo » (Lc. 10, 18) juntamente con sus seguidores.
Como al siervo inútil de la parábola de los talentos, se le quitó lo que tenía y fue « arrojado fuera a las tinieblas donde habrá llanto y crujir de dientes » (Mt. 25, 29-30).
« Hubo una batalla en el cielo. Miguel y sus ángeles peleaban con el dragón, y peleó el dragón y sus ángeles, y no pudieron triunfar ni fue hallado su lugar en el cielo. Fue arrojado el dragón grande, la antigua serpiente, llamada Diablo y Satanás, que extravía a toda la redondez de la tierra; y fue precipitado en la tierra y sus ángeles fueron con él precipitados » (Ap. 12, 7-9) 3.
Tal fue el trágico epílogo del rebelde y sus ángeles, cambiados respectivamente en Diablo y demonios: la exclusión de la Vida, la condenación sin fin y sin remedio. Un castigo terrible, ante cuyo mis
terio, alarmante y hoy rechazado por muchos, el creyente, iluminado por la Revelación y el Magisterio de la Iglesia y el testimonio de los Santos, no puede sino bajar la cabeza.
El infierno, por vez primera, abría de par en par sus abismos espantosos, razón por la que el Sumo Poeta escribirá encima de su puerta:
« Por mí se va a la ciudad doliente,
Por mí se va al eterno dolor,
Por mí se va entre la perdida gente.
La justicia movió a mi alto Autor,
Me hizo la divina Potestad,
La Suma Sabiduría y el primer Amor.
Antes de mí no hubo cosas criadas
Sino las eternas y eternamente duro.
Abandonad toda esperanza los que entráis ».
(Infierno, canto III) (4)




Muy diferente fue la suerte reservada a los ángeles buenos. Por la ley de la transferencia de la gracia, fueron enriquecidos con las gracias y prerogativas que Dios no pudo derramar sobre los rebeldes. Pero los privilegios con los que, principalmente, Dios premió su elección, fueron la confirmación en gracia y la elevación a la bienaventuranza sobrenatural. La primera les hizo infalibles e impecables, es decir, libres de la inclinación al mal y al error: « Praemium est non posse peccare » '. Por la segunda, además, fueron premiados con la felicidad inefable y sin ocaso de ver a Dios « como El es » (1 Jn. 3, 2), estar sumergidos en su luz y descubrir indefinidamente su bondad y grandeza.
Cuanto a San Miguel, aunque la Revelación no lo diga expresamente, es indiscutible su sublimación en la naturaleza y el prestigio, su promoción al vértice de la jerarquía angélica, la sustitución, en una palabra, en el primado angélico en lugar del perdido por Lucifer. Todo esto se deduce claramente del papel que desempeñó de máximo contrario del ángel rebelde y de defensor de los derechos inalienables de Dios, y responde a una elemental exigencia de justicia. Dios es suma justicia y premia al siervo bueno y fiel que usa sus talentos para el fin que se le dieron y en que debe emplearlos, y es también sumamente generoso y magnífico con sus fieles servidores.
Se llama arcángel a San Miguel, no en cuanto pertenece a algún orden angélico, sino en el sentido de que « es la cabeza y guía de todos los ángeles » 6, « el ministro del lugar más eminente de la Trinidad Santísima »', aquel que ocupa el primer lugar « inter mille milía et decies mille myriades angelorum »(8), excelente en « dignidad y honor sobre todos los demás espíritus soberanos » (9), la « maxima et prima stella angelici splendoris »(10). Muy probablemente todos estos juicios y expresiones no llegan a expresar toda la dignidad y gloria con que Dios ha premiado y honrado a San Miguel. Con razón la Iglesia católíca, heredando el culto de la Sinagoga, ha hecho de San Miguel su campeón y protector. Como tal y al mismo tiempo como « Príncipe de las milicias celestes » él ha sido estimado y venerado por el pueblo cristiano y, sobre todo, por los Santos. Es cierto que en las dos mil años de Cristianismo sus manifestaciones no han sido ni tan frecuentes ni tan vistosas, por falta de documentación y de contaminaciones legendarias, como las de la Virgen Santísima en Lourdes o en Fátima: él aparece y desaparece como un personaje escurridizo; pero las hay bastantes y suficientemente válidas, como tendremos ocasión de ver más adelante, que no permiten dejarle en la sombra.
Hasta ayer, entre otras cosas, su nombre ha sido invocado en la introducción al rito eucarístico: «Confiteor Deo omnípotenti... Beato Michaeli Arcangelo » y, al fin del mismo rito, en la oración del papa León XIII: « Contra Satanás y los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas ». Hoy ya no se hace. En el llamado « Acto penitencial » se dice: « Confieso a Dios Todopoderoso... a los Angeles, a los Santos... ». Se ha quitado a San Miguel; como también ha desaparecido la oración del papa León XIII. Y nos preguntamos si la Comisión para la Reforma Litúrgica no lo haya hecho bajo el influjo de la manía de « desmitizar » y del exagerado racionalismo moderno. De todos modos, si es verdad que la Iglesia desea la participación y el parecer de nosotros, los seglares, en todo lo referente a la fe y vida de la Iglesia, séanos permitido decir con sencillez y franqueza que estas omisiones son juzgadas por muchos cristianos practicantes y delicados como un error que debería remediarse prontamente. Estas omisiones sólo tienen una doble ventaja: la de favorecer la falta de estima y veneración de los fieles hacia el Príncipe de los ángeles y obtener el aplauso y satisfacción del Adversario, la Serpiente antigua, llamado Diablo y Satanás, « el enemigo del género humano », « el Príncipe de este mundo », sobre cuya existencia y actividad maléfica el Santo Padre Pablo VI ha advertido a los hombres, y de quien, al aparecer un film americano, todos hablan hoy y escriben en los periódicos. Los señores teólogos que discuten de él y lo identifican con « el mal del mundo » harían bien en preguntarse si, sin querer, no se han puesto de su parte, y si, dados los tiempos que corren, no será el caso de contraponerle San Miguel, haciéndose promotores, para empezar, de la colocación de su nombre allí donde se ha omitido.



(1) S. Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo, L. III, cap. 22, n. 6. Las Obras de San Juan de la Cruz se citan por la edición preparada por el P. Lucinio del Santísimo Sacramento en la Biblioteca de Autores Cristianos, vol. 15, Madrid, 1972.
(2) B. Bossuet, Elévatians a Dieu sur tous les mystéres, IV sem. Elév. III en Oeuvres complétes, Paris, 1862-1866, vol. 7, p. 67. Cfr. Arrighini, ob. cit., P. I, p. 133.
(3) Hacemos notar que no debió faltar una ocasión para la rebelión de Lucifer. En qué haya consistido no se sabe con precisión. Algunos Padres y Doctores, como Tertuliano, San Basilio, San Cipriano, el abad Roberto, seguidos de Suárez y de otros muchos
teólogos, creen que la ocasión consistió en la revelación de la Encarnación del Verbo decretada ab aeterno por Dios, manifestada a los ángeles. Lucifer, según éstos, « tuvo envidia de que el Hijo de Dios asumiese la naturaleza humana y no supo resignarse a que el hombre fuese preferido a él, el más noble... de los ángeles; le pareció intolerable aquella unión hipostática del hombre con el Verbo; deseó que esa unión hubiese tenido lugar con él, y rehusó reconocer por su superior a un hombre hecho Dios por la Encarnación. No habiendo Dios querido condescender con sus deseos, Lucifer se rebeló contra El y Jesucristo y aconsejó a los ángeles seguirlo en la rebelión ». Cfr. I Tesori di Cornelio a Lapide tratti da¡ suoi commentari por el abate Barbier, vol. I, p. 450, S.E.L, Turín). « Pero esta sentencia, nacida en el siglo XIV, no tiene fundamento alguno en la Escritura »: así Silvio en el Commentarium in I Partem S. Thomae Aquinatis. Cfr. La Somma Teologica, La Creazione - Gli Angeli, vol. IV, nota de la pág. 389, ob. cit.
(4) Dante cantó:
« Per me si va nella cittá dolente,
Per me si va nell'eterno dolore,
Per me si va tra la perduta gente.
Giustizia mosse íl mio alto Fattore,
Fecemi la divina Potestate,
La somma Sapienza e 'l primo Amore.
Dinanzi a me non fuor cose create
Se non etterne, e io eterna duro.
Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate ».
(Inferno, canto III)
(5)S. Agustín, Contra dasas epistolas Pelagianorum, L. III, c. 7, n. 17. [ML. 44, 600].
(6) S. Pantaleón, In Encom. S. Mich. apud Baronium.
(7)D. Gelas. apud Alcuin.
(8) S. Pant., ob. cit.
(9) S. Basilio, Hom. de Angelis.
(10) S. Pant., ob. cit.








LA CAIDA DEL HOMBRE

Dios había creado, además de los ángeles, otros seres inteligentes. Estos eran Adán y Eva, compendio de la creación visible e invisible, por estar compuestos de materia y de espíritu.
Dios los había formado de la tierra y vivificado con su espíritu. Los había hecho « a su imagen y semejanza », es decir, dotados de alma, inteligencia y voluntad, colocándolos en un « jardín » de delicias. El Señor había plantado este jardín en uno de los infinitos mundos lanzados al espacio. Este mundo era la Tierra.
El hombre y la mujer eran dos seres complementarios. Por esto, « Dios los bendijo y les dijo: Creced y multiplicaos, llenad la tierra y dominadla ». Ellos con su descendencia debían ir haciendo el jardín cada vez más amplio, desarrollando plenamente aquella Naturaleza que no había salido de las manos divinas completamente desarrollada » (1); y esto con un esfuerzo alegre, con un amor recíproco, en la luz y calor del amor de Dios, cuya presencia se palpaba y casi se respiraba. Libres, por añadidura - gracias a especiales dones gratuitos (2) - de la fatiga, calamidades, infortunios y enfermedades, de toda especie de sufrimiento, del desgaste físico y de la muerte.

El hombre estaba dotado de recursos espirituales e intelectuales que perfeccionaría sin solución de continuidad hasta la muerte, cuyo misterio solamente pondría un límite.
Con relación al mundo material, el hombre lo habría dominado por la superioridad, potencial y actual, de su espíritu e inteligencia. Habría dominado la materia, desentrañado las leyes que la rigen, frenado sus insospechadas energías para la propagación de su especie, tal vez más allá de la tierra, ya que la materia con todos sus secretos y leyes es una energía limitada, pasiva y, por lo mismo, disponible, mientras el espíritu e inteligencia son creadores, se desarrollan inexorablemente, son dinámicos, agresivos.
El hombre era fruto de un amor infinito. El amor de Dios había engendrado un ser digno de Sí, semejante a El, grande y maravilloso en potencia y en acto. Como los ángeles, había sido antes criatura, más tarde objeto de la adopción divina y elevado, con la gracia, al orden sobrenatural y llamado a merecer, libremente, la exaltación a la gloria celeste.
Dios había plantado en el jardín, junto a otras « plantas agradables a la vista y de buen sabor al gusto », también « el árbol de la ciencia del bien y del mal », que Adán y Eva no debían tocar. Se sabe lo que ocurrió. El Génesis, que nos lo narra, continúa con la afirmación de que el hombre traspasó la palabra de Dios. La traspasó por la sugestión del ángel caído, simbolizado en la serpiente astuta e insidiosa.
Al condenar al ángel rebelde, Dios lo había confirmado en su maldad, condenándolo a la desesperación de las tinieblas de su suficiencia. Una condena que el rebelde sabía era bien merecida. Elevado al más alto grado de honor, inteligentísimo, quiso y escogió irrevocablemente su desventura, de suerte que si se le dijera: « No habías pensado en esto » podría contestar: « Sí, lo había pensado » (3). También nosotros decimos: « Lo tengo bien merecido », cuando nos encontramos ante las consecuencias de un error cometido deliberadamente.
Delincuente, continuará a hacer el mal, impulsado por el odio, la otra cara del amor rechazado, reacción del orgullo humillado, de forma que el mal es su razón de ser, su nueva naturaleza. El mal ha nacido con él, como la semilla del orgullo y de la ingratitud. Ahora él es Satanás, el Adversario, la antítesis del Bien, la personificación del Mal.
Deseaba un reino y lo ha obtenido: un reino tenebroso, con un pueblo de desesperados, esclavos de la desesperación propia y la del Diablo. Por odio a Dios, él quiere hacerlo cada vez más dilatado, aumentarlo con otros súbditos, otros desesperados. Además, no puede aguantar ver feliz a alguien, reflejando la luz de Dios, cosa suya. De todos modos, aquellos dos que estan en el jardín, con los incontables que de ellos nacerán, irán al lugar de donde él ha sido excluido para siempre.
« La serpiente dijo a la mujer: "¿Con que os ha mandado Dios que no comáis de los árboles, todos del paraíso?". No de todos los árboles; únicamente ha dicho del fruto del árbol que está en medio del jardín: "No comáis de él ni lo toquéis siquiera, no vayáis a morir", corrigió la mujer con ingenuidad. Y la serpiente: "No, no moriréis; es que sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal". Entonces Eva, cogiendo una fruta del árbol prohibido, comió de ella y dio también de ella a su marido ».
A pesar de estar disimuladas bajo el velo de la figura, las causas del primer pecado no se diferencian mucho de las que ocasionaron la ruina del ángel rebelde: transgresión del mandato divino, ingratitud, pretensión de obrar por sí y para sí, sobresalir independientemente de Dios. Tampoco las consecuencias fueron mucho menos desastrosas que las de los ángeles rebeldes.
De repente, el hombre y la mujer notaron un sentimiento nuevo: el pudor. Se sintieron como divididos, extraños el uno al otro y se dieron prisa a cubrirse. Habían descubierto que estaban desnudos, y sintieron vergüenza. Habían perdido la inocencia, sustituida por la malicia. Antes, los instintos naturales estaban sintonizados con el espíritu, y el hombre los seguía rectamente, enderezándolos a sus fines propios; ahora, unos tienden a dominar a los otros. En adelante el hombre será menos sensible al reclamo del bien que al del mal: « La carne tiene deseos opuestos a los del espíritu » (Gal. 5, 16). Es un derrotado. Por la ruptura interior, la inclinación natural entre los dos sexos será desnaturalizada, traicionada con perversas inclinaciones, como « la fornicación, impudicicias, las pasiones, los deseos malvados » (Col. 3, 5), la negación de los hijos y su supresión antes de nacer. La mujer « dará a luz con dolor >>.
La perturbación se extendió incluso a la naturaleza circundante. Se rebeló. « La tierra será maldita por tu causa », dice Dios al hombre. « Con sudor de tu frente comerás el pan ». Frecuentemente el hombre será humillado y vencido por las fuerzas naturales y deberá luchar sin descanso para defenderse de ellas y volverlas a dominar. Su espíritu, su inteligencia y su cuerpo han perdido mucho del vigor primitivo. El hombre se siente miserable, indefenso, a la merced de mil peligros. Debe protegerse contra las amenazas de las mismas fieras, que antes le estaban sin duda sometidas, luchar contra el desgaste del cuerpo, contra el frío y el calor, las enfermedades y el hambre. Su instinto de conservación le hará un ser pávido y, juntamente, astuto y agresivo. Experimentará la abyección, el embrutecimiento. El hombre se multiplicará sobre toda la tierra. Lentamente y con fatiga, la inteligencia y espíritu oscurecídos, movidos por un oscuro impulso, procurarán abrirse un camino hacia la luz, en un proceso de recuperación que, de modo ineluctable, empuja al hombre hacia la Fuente de donde viene y de la que es parte. Camino larguísimo, difícil, dramático, sembrado de sufrimiento y luto. Al desparramarse por la tierra, los descendientes de Adán se perderán de vista, se ignorarán mutuamente, perderán el recuerdo de su común origen, y se atacarán unos a otros. El hombre será un Caín para el hombre.
Ante Abel sin vida, matado por odio y envidia de su hermano, el hombre no tarda en darse cuenta de la gravedad de la otra condena divina, encerrada en las palabras: « Eres polvo y al polvo volverás ». La muerte. Su imagen amargará sus días. Con todo, esta consecuencia de la caída de la primera pareja no supera la otra muerte: la espiritual.
En adelante, no más hijos de Dios, sino criaturas. Habiéndolo Dios despojado de su gracia, el cielo se ha cerrado para él. Un abismo lo separa ahora de él, un abismo semejante a la ofensa hecha a un Dios de infinita bondad y justicia, y que sólo Dios mismo podrá colmar. Entonces el camino de la recuperación será más expedito y seguro, sin dejar, no obstante, de ser fatigoso y lleno de trabajos, frenado por las aberraciones del hombre. El hombre vencerá la muerte; la bondad y misericordia de Dios suplirán, por medio de su Hijo, las
faltas y errores de la criatura caída, y la recuperación se llamará Redención.
El está ya perdonado. Pero no el Ángel rebelde y sus secuaces: « Eres maldito », le ha dicho el Señor. Maldición eterna, merecida, porque ha querido su daño con advertencia. La culpabilidad del hombre fue diversa. Pecó por la sugestión de la serpiente, a quien era inferior en naturaleza, y tampoco traspasó el mandato divino con absoluta y espontánea deliberación. Por otra parte, mientras solamente se había perdido una parte de los ángeles, con la condena total e irrevocable de Adán, se habría perdido toda la humanidad, por razón de la transmisión de la primera culpa. Dios tuvo compasión del hombre y, en parte, lo ha perdonado.
El abismo entre la Criatura y el Creador lo colmará el misterio de la Encarnación, Pasión y Muerte del Verbo. El precio del perdón lo dará al mundo y a la justicia divina violada, una Mujer « umile ed alta piú che creatura » (Dante) : Virgen, Santa, Inmaculada, que será llamada también Madre de Dios, Corredentora del género humano. Al maldecir a la serpiente, lo revela el Señor: « Pondré enemistades entre ti y la mujer. Ella te aplastará la cabeza ».
Mientras tanto, para que el espíritu del mal no se encarnice desmesuradamente contra el hombre, hecho más vulnerable con la caída, el Señor, providencialmente, encarga en su infinita bondad a sus ángeles fieles de velar sobre la humanidad naciente y futura y protegerla: « Ordenó acerca de ti a sus ángeles guardarte en todos tus caminos. Ellos te llevarán en sus manos para que no tropieces en las piedras » (Sal. 91, 11-12). Con la caída de nuestros primeros padres tiene lugar un hecho nuevo: la custodia angélica. Dice San Gregorio de Nisa: « Después que nuestra naturaleza cayó en el pecado, Dios no la dejó sin socorro, sino que un ángel fue destinado para ayudar a cada uno en su vida »(4).
Angeles de entre la multitud que salió indemne de la prueba, ángeles de los que dieron muestra de amor y fidelidad al Creador, son destinados a la tierra para que remedien los daños causados por el Angel prevaricador y por su primer morador. La historia de la salvación ha comenzado con la caída del hombre, y en ella los ángeles intervienen activamente. A los Querubines puestos para guardar el Edén « para impedir » a los arrojados de él que se acerquen al « árbol de la vida » y cojan sus frutos con el fin de « comer de ellos y vivir para siempre » (Gen. 3, 22-24), suceden los ángeles ayudadores, ejecutores de la misericordia de Dios, cooperadores, junto al hombre, del plan divino de redención.
Después del diluvio, en un momento determinado de la renacida joven humanidad, el Señor fija sus ojos sobre un descendiente de Adán para hacer de él el padre de « un gran pueblo »: Abraham, en cuya descendencia « serán benditas todas las familias de la tierra » (Gen. 12, 2-3; 22, 18). Esta promesa del Señor tendrá su realización en Cristo, y él será, por lo mismo, « el padre de los creyentes » (Gal. 3, 14; Rom. 4, 3). Los ángeles darán principio a este plan divino de tan grande importancia. Tres ángeles, en forma humana, probablemente simbolizando la Trinidad Divina, vienen a anunciarle, mientras está descansando delante de su tienda, bajo la encina de Mambré, que la promesa está para cumplirse. Uno de ellos le dice: « Ciertamente volveré dentro de un año y Sara, tu mujer, tendrá ya un hijo ». A Sara, que está escuchando a la puerta de la tienda, le vienen ganas de reír. Ella y su marido son « viejos, muy entrados en años » y, por otra parte, ha sido incapaz de concebir y engendrar un hijo por ser estéril. El ángel la reprende por ello. « ¿Hay algo difícil para el Señor? ». Llena de miedo, Sara niega haberse reído. « Pero él la dijo: No, te has reído » (Gen. 18, 1-15).
El enviado divino tenía razón más que de sobra « porque nada hay imposible para Dios », dirá el arcángel Gabriel al anunciar a María que será madre del « Hijo del Altísimo », aunque « sin conocer varón ». Al año siguiente nace la sonrisa de Sara y Abraham, Isaac. Haciendo valer un artículo del código babilonio de Hammurabi, la estéril Sara ha deseado que Abraham tenga un hijo de la esclava Agar, Ismael, el cual en derecho - según la ley babilónica - le habría pertenecido como si lo hubiese engendrado ella misma. Al sentirse madre, la esclava se levantó a mayores, pero la señora la volvió a colocar en su anterior estado de sumisión. Llevando mal la humillación, Agar se escapó al desierto; pero un ángel le manda volver a casa de sus amos. Ahora que Sara tiene un hijo propio, los roces entre ambas mujeres se hacen insoportables. Por otra parte, Ismael, mal educado e impulsivo, molesta a su hermanastro Isaac, más pequeño y de buena índole. Constreñido por la insistencia de Sara y también por mandato divino, Abraham convence a Agar a que se marche junto con su hijo. Ambos se pierden en el desierto de Berseba, y están a punto de morir de sed. Pero, he aquí que un ángel - tal vez el mismo que se le apareció cuando huyó - los salva, indicándoles una fuente.
Por ser hijo de Abraham, Ismael tendrá también parte en la bendición divina. Se casará con una egipcia y tendrá una posteridad « que no se podrá contar ».
El Apóstol hace una doble reflexión sobre estos hechos. El ser Israel el pueblo elegido no depende del hecho de la sucesión carnal de Abraham, sino más bien de la « libre promesa de gracia, en correspondencia al mérito de la fe de Abraham » (cfr. Rom. 9, 7 ss.). Además, Ismael con Agar e Isaac con Sara simbolizan respectivamente el Antiguo y Nuevo Testamento, « cuyos contrastes son evidentes después de la venida de Cristo. El uno, simbolizado en el Monte Sinaí, figurado en Agar, madre de esclavos, como son precisamente los judíos, excluidos de las "promesas" por su infidelidad; el otro, simbolizado en la mujer libre, Sara, madre de hijos libres, que son los creyentes, herederos de las promesas hechas a Abraham » (efr. Gal 4, 33 ss.) (5).
Para probar el amor y fidelidad de Abraham, Dios le manda sacrificarle su hijo, ya joven, en un monte de la región del Moria. Cuando estaba para ejecutar la orden divina - ha cogido el cuchillo y ha levantado el brazo « para degollar al hijo » - le retiene el ángel del Señor, que grita desde el cielo: « Abraham, Abraham, no pongas las manos sobre el joven y no le hagas ningún mal. Ahora conozco que temes a Dios, ya que no me has negado tu hijo, el amado » (Gen. 22, 1-12). Aquí el ángel habla en lugar de Dios, identificándose con El, no siendo el primer caso en el Antiguo Testamento.
El sacrificio de Isaac anuncia el del Unigénito. Por otra parte, la orden de sacrificar al propio hijo pone de relieve una constante de los elegidos de Dios: la prueba, con la que el Señor aquilata a sus siervos en el amor, los santifica, hace fructíferas sus obras y oración, y realiza los planes para los que los ha elegido. « Hijo, si comienzas a servir al Señor, prepara el ánimo a la prueba... porque el oro se prueba con el fuego y los hombres caros a Dios en la fragua de la humillación » (Eclo. 2, 1-5). El Hijo Unigénito - a quien los Santos imitan - nos manifestará su amor siendo « obediente hasta la muerte y muerte de cruz ».
Cuando contaba cuarenta años, Isaac se casa con Rebeca, de la que tiene dos gemelos: Esaú y Jacob. Este logra obtener de su hermano, que ha nacido primero, la renuncia a su primogenitura, y, con la ayuda de su madre, arranca a su padre la bendición que pertenecía a Esaú. Mientras huye, para evitar la venganza de su hermano, Jacob tiene en Betel, mientras duerme sobre una piedra, una revelación divina: « He aquí que veía una escala que, apoyándose en la tierra, tocaba con la cabeza en los cielos, y que por ella subían y bajaban los ángeles de Dios. Encima estaba Yavé, que le renovó las promesas hechas a Abraham » (Gen. 28, 12-15).
En fuerza de la promesa del desquite, hecha a Adán, y renovada primero a Abraham y después a Isaac y Jacob, el Señor ha juntado al cielo la tierra, haciendo los ángeles de intermediarios. Ellos suben y bajan para significar que la Redención está en camino y se realizará con sus participación y ayuda. Esto explica las apariciones, más bien frecuentes, de estos ministros y ejecutores de la palabra de Dios en las vicisitudes del pueblo elegido, en la historia de la salvación. Los dos ángeles de Lot, los « ángeles de Dios » que salen al encuentro de Jacob una vez que éste se despidió de Labán, el ángel que lucha con Jacob la víspera de su encuentro con Esaú (Gen. 32, 2. 25-33), el ángel que libra a los jóvenes condenados a ser quemados vivos en el horno (Dan. 3, 46-50), el ángel de Judit (Jdt. 13, 20), el arcángel Miguel que ayuda a Josué contra los Madianitas, el « ángel de Yavé » que llama a Gedeón en Ofra contra los mismos enemigos (Jue. 6, 11-21), y otros ángeles que aparecen en las vidas de los Profetas (Elías, Daniel, Habacuc, Zacarías), del joven Tobías, de los Macabeos, sin decir que el ángel interviene como enviado de Yavé frecuentemente, hablando, obrando y haciendo promesas como Dios, identificándose con El. « El ángel de Yavé la encontró en el desierto y le dijo: Agar, esclava de Sara. ¿De dónde vienes y adónde vas?... Vuelve a tu señora y humíllate bajo su mano. Y añadió. Yo multiplicaré tu descendencia, que por lo numerosa no podrá contarse » (Gen. 16, 10 ss.). « Pero Dios oyó la voz del niño y el ángel del Señor llamó a Agar desde los cielos, diciendo: ¿Qué tienes, Agar? No temas, que ha escuchado Yavé la voz del niño... Levántate, toma el niño y cógele de la mano, pues he de hacerle un gran pueblo. Y abrió Dios los ojos a Agar, haciéndole ver un pozo » (Gen. 21, 17-19). « Y el ángel del Señor me dijo en sueños: Jacob... Yo soy e

 
 Re: Ciencias Sagradas
Autor: Rey Zen (62.37.237.---)
Fecha:   09-17-04 06:19

« Voz de una que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas » (Lc. 3, 4). Entonces las intervenciones angélicas se harán apremiantes, reveladoras de un fervor e, incluso, de una impaciencia desacostumbrados.
El nacimiento del mismo « ángel de la alianza » será anunciado por Gabriel. Se verán los ángeles y este mensajero con ellos, al servicio del Redentor desde la Anunciación a María y desde el Nacimiento a la Ascensión, junto a los Apóstoles en la predicación del evangelio y también al lado de los Siervos de Dios que continuarán y continúan la misión durante el curso de la historia de la Iglesia hasta nuestros días. Por ellos y por el testimonio de los Siervos de Dios se verá que Cristo es omnipresente en la historia, fiel a su promesa de estar con nosotros hasta el fin del mundo, y de que ellos estarán con El hasta que se acabe la historia, hasta el Juicio Final.

(1) Leo Ven Rudloff, Piccola Dogsnatica, Morcelliana, Brescia, 1944.
(2) Se trata de los dones preternaturales: « De por sí esta clase de dones no diviniza al hombre y, si no estuviesen acompañados de la gracia, ellos nos perfeccionarían; sí, en lo que pertenece naturalmente al hombre en cuanto compuesto de materia y sometido a la corrupción y a la rebelión de los sentidos, pero nos dejarían en el orden puramente humano. No se pueden definir, pues, al menos en sentido propio, como dones sobrenaturales, como, por otra parte, al no ser debidos esencialmente a nuestra naturaleza, no son tampoco dones naturales. Son praeter, es decir, fuera de las exigencias de nuestra naturaleza, por más que no la superen y no la eleven a otro orden ». Mons. F. Olgíati, Il Sillabario del Cristianesimo, Vita e pensiero, Milán, 1931, cap. 5, pp. 94-95.
(3) S. Tomás, Suma Teológica, 1-II, q. 5, a. 6.
(4)S. Gregorio de Nisa, Vida de Moisés [MG. 44, 337-8].
(5) S. Gaetano, Voz Isaaco en la Fnciclopedia Cattolica, vol. VII, c. 228.

 
 Re: Ciencias Sagradas
Autor: anabela (80.58.2.---)
Fecha:   10-15-04 10:34

Hola, sobre el poder de sanacion en la renovacion carismatica catolica, seria interesante que buscaras algo sobre eso.

anabel

 
 Re: Ciencias Sagradas
Autor: Miriam Lagos (200.65.227.---)
Fecha:   10-15-04 15:22

Hola Andrea,

Si deseas entrar de lleno en las Ciencias Sagradas desde la perspectiva psicológica-humana, te recomiendo adentrarte en los estudios sobre "el poder del mito". La fundación Joseph Campbell se dedica a estudiar la relevancia de los mitos en la formación de la conciencia individual y colectiva del hombre y en sus múltiples estudios Campbell se esforzó por encontrar un "hilo conductor" entre lo mítico y lo sagrado que permitiera comprender el vínculo del ser humano con la Creación a través de los tiempos.

Puedes entrar a la página de la fundación:

www.jcf.org

Ahí encontrarás mucha información al respecto, y sobretodo los foros de discusión son muy amplios en temática y profundos.

Espero que esta referencia te sirva.

saludos

Miriam

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