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 MI CRISTO ROTO...leanlo es buenisimo...
Autor: Esther Filomena (200.87.194.---)
Fecha:   07-20-05 16:29


Mi Cristo Roto, del Padre Ramón Cué, S.J.


Compraventa de Cristos

A mi Cristo roto lo encontré en Sevilla. Dentro del arte me subyuga el tema de Cristo en la cruz. Se llevan mi preferencia los cristos barrocos españoles. La última ve z, fui en compañía de un buen amigo mío. Al Cristo, ¡Qué elección! Se le puede encontrar entre tuercas y clavos, chatarra oxidada, ropa vieja, zapatos, libros, muñecas rotas o litografías románticas. La cosa, es saber buscarlo. Porque Cristo anda y está entre todas las cosas de este revuelto e inverosímil rastro que es la Vida.

Pero aquella mañana nos aventuramos por la casa del artista, es más fácil encontrar ahí al Cristo, ¡Pero mucho más caro!, es zona ya de anticuarios. Es el Cristo con impuesto de lujo, el Cristo que han enriquecido los turistas, porque desde que se intensificó el turismo, también Cristo es más caro.
Visitamos únicamente dos o tres tiendas y andábamos por la tercera o cuarta.

- Ehhmm ¿Quiere algo padre?
- Dar una vuelta nada más por la tienda, mirar, ver.

De pronto… frente a mí, acostado sobre una mesa, vi un Cristo sin cruz, iba a lanzarmesobre él, pero frené mis ímpetus. Miré al Cristo de reojo, me conquistó desde el primer instante. Claro que no era precisamente lo que yo buscaba, era un Cristo roto. Pero esta misma circunstancia, me encadenó a Él, no sé por qué. Fingí interés primero por
los objetos que me rodeaban hasta que mis manos se apoderaron del Cristo, ¡Dominé
mis dedos para no acariciarlo! No me habían engañado los ojos… no. Debió ser un
Cristo muy bello, era un impresionante despojo mutilado. Por supuesto, no tenía cruz, le
faltaba media pierna, un brazo entero, y aunque conservaba la cabeza, había perdido la
cara.
Se acercó el anticuario, tomó el Cristo roto en sus manos y…
- Ohhh, es una magnífica pieza, se ve que tiene usted gusto padre, fíjese que
espléndida talla, qué buena factura…
- ¡Pero… está tan rota, tan mutilada!
- No tiene importancia padre, aquí al lado hay un magnífico restaurador, amigo mío y se
lo va a dejar a usted, ¡Nuevo!
Volvió a ponderarlo, a alabarlo, lo acariciaba entre sus manos, pero… no acariciaba al
Cristo, acariciaba la mercancía que se le iba a convertir en dinero.

Insistí, dudó, hizo una pausa, miró por última vez al Cristo fingiendo que le costaba
separarse de Él y me lo alargó en un arranque de generosidad ficticia, diciéndome
resignado y dolorido:
- Tenga padre, lléveselo, por ser para usted y conste que no gano nada 3000 pesetas
nada más, ¡Se lleva usted una joya!
El vendedor exaltaba las cualidades para mantener el precio. Yo, sacerdote, le
mermaba méritos para rebajarlo… Me estremecí de pronto. ¡Disputábamos el precio de
Cristo, como si fuera una simple mercancía! Y me acordé de Judas… ¿No era aquella
también una compraventa de Cristo? ¡Pero cuántas veces vendemos y compramos a
Cristo, no de madera, de carne, en él y en nuestros prójimos! Nuestra vida es muchas
veces una compraventa de cristos.
Bien… cedimos los dos… lo rebajó a 800 pesetas. Antes de despedirme, le pregunté si
sabía la procedencia del Cristo y la razón de aquellas terribles mutilaciones. En
información vaga e incompleta me dijo que creía procedía de la sierra de Arasena, y
que las mutilaciones se debían a una profanación en tiempo de guerra.
Apreté a mi Cristo con cariño… y salí con Él a la calle. Al fin, ya de noche, cerré la
puerta de mi habitación y me encontré solo, cara a cara con mi Cristo. Qué
ensangrentado despojo mutilado, viéndolo así me decidí a preguntarle:
- Cristo, ¡¿Quién fue el que se atrevió contigo?! ¡¿No le temblaron las manos cuando
astilló las tuyas arrancándote de la cruz?! ¿Vive todavía? ¿Dónde? ¿Qué haría hoy si te
viera en mis manos? …¿Se arrepintió?
– ¡CÁLLATE!— me cortó una voz tajante.
- ¡CÁLLATE, preguntas demasiado! ¡¿Crees que tengo un corazón tan pequeño y
mezquino como el tuyo?! ¡CÁLLATE! No me preguntes ni pienses más en el que me
mutiló, déjalo, ¿Qué sabes tú? ¡Respétalo!, Yo ya lo perdoné. Yo me olvidé
instantáneamente y para siempre de sus pecados. Cuando un hombre se arrepiente, Yo
perdono de una vez, no por mezquinas entregas como vosotros.
- ¡Cállate! ¿Por qué ante mis miembros rotos, no se te ocurre recordar a seres que
ofenden, hieren, explotan y mutilan a sus hermanos los hombres? ¿Qué es mayor
pecado? Mutilar una imagen de madera o mutilar una imagen mía viva, de carne, en la
que palpito Yo por la gracia del bautismo. ¡Ohh hipócritas! Os rasgáis las vestiduras
ante el recuerdo del que mutiló mi imagen de madera, mientras le estrecháis la mano o
le rendís honores al que mutila física o moralmente a los cristos vivos que son sus
hermanos.

Yo contesté: “No puedo verte así, destrozado, aunque el restaurador me cobre lo que
quiera ¡Todo te lo mereces! Me duele verte así. Mañana mismo te llevaré al taller.
¿Verdad que apruebas mi plan? ¿Verdad que te gusta?”
- ¡NO, NO ME GUSTA!— Contestó el Cristo, seca y duramente.
- ¡ERES IGUAL QUE TODOS Y HABLAS DEMASIADO!
Hubo una pausa de silencio. Una orden, tajante como un rayo, vino a decapitar el
silencio angustioso:
- ¡NO ME RESTAURES, TE LO PROHIBO! ¡¿LO OYES?!
- Si Señor, te lo prometo, no te restauraré.
- Gracias— me contestó el Cristo. Su tono volvió a darme confianza.
- ¿Por qué no quieres que te restaure? No te comprendo. ¿No comprendes Señor, que
va a ser para mí un continuo dolor cada vez que te mire roto y mutilado? ¿No
comprendes que me duele?
- Eso es lo que quiero, que al verme roto te acuerdes siempre de tantos hermanos
tuyos que conviven contigo; rotos, aplastados, indigentes, mutilados. Sin brazos, porque
no tienen posibilidades de trabajo. Sin pies, porque les han cerrado los caminos. Sin
cara, porque les han quitado la honra. Todos los olvidan y les vuelven la espalda. ¡No
me restaures, a ver si viéndome así, te acuerdas de ellos y te duele, a ver si así, roto y
mutilado te sirvo de clave para el dolor de los demás! Muchos cristianos se vuelven en
devoción, en besos, en luces, en flores sobre un Cristo bello, y se olvidan de sus
hermanos los hombres, cristos feos, rotos y sufrientes.
Hay muchos cristianos que tranquilizan su conciencia besando un Cristo bello, obra de
arte, mientras ofenden al pequeño Cristo de carne, que es su hermano. ¡Esos besos me
repugnan, me dan asco!, Los tolero forzado en mis pies de imagen tallada en madera,
pero me hieren el corazón. ¡Tenéis demasiados cristos bellos! Demasiadas obras de
arte de mi imagen crucificada. Y estáis en peligro de quedaros en la obra de arte.
Un Cristo bello puede ser un peligroso refugio donde esconderse en la huida del dolor
ajeno, tranquilizando al mismo tiempo la conciencia, en un falso cristianismo. Por eso
¡Debieran tener más cristos rotos, uno a la entrada de cada iglesia, que gritara siempre
con sus miembros partidos y su cara sin forma, el dolor y la tragedia de mi segunda
pasión, en mis hermanos los hombres! Por eso te lo suplico, no me restaures, déjame
roto junto a ti, aunque amargue un poco tu vida.
- Si Señor, te lo prometo— contesté. Y un beso sobre su único pie astillado, fue la firma
de mi promesa. Desde hoy… viviré con un Cristo roto.

Dios tiene mano izquierda

La misma tarde que compré mi Cristo, le pregunté al anticuario dónde estaría el brazo
derecho.
- ¡Oh, imposible encontrarlo! –me contestó— Y no crea usted que no revolvimos ya todo
el pajar en donde estaba tirada la imagen mutilada. Encontramos, eso sí, la pierna
izquierda y se la pegamos pero de la mano derecha ¡Ni rastro!
El anticuario no sabía Señor por dónde andaba tu mano derecha, pero Tú, Tú sí que lo
sabes, la estás desclavando continuamente y se te escapa siempre. No, no me extraña
que no la tengas, anda por ahí, invisible pero eficaz.
¡¿Quién no siente de vez en cuando, el suave roce de la mano llagada de Cristo?! Esa
mano invisible que, sin llamar a la puerta, se mete en todas partes; en el hospital, en el
lecho de muerte, en la oficina, en el despacho, en la fábrica, en el cine, en el teatro. Se
cuela de puntillas como una ráfaga luminosa y musical. No podemos dar un paso por la
vida sin tropezar con la mano de Dios. Pero tú, Cristo mío roto, sólo tienes mano
izquierda.
Y me imaginé que decía, después de sentir que mi Cristo sonreía silencioso: “Qué poco
y mal me conocéis, ¿Qué sería de vosotros los hombres si yo no tuviera mano
izquierda?, La tengo, pero no para evitar que me crucifiquen, sino para conseguir que
mi padre no os condene, Yo no uso mi mano izquierda para salvarme de la cruz, sino
para salvaros del infierno, ¿Lo comprendes ahora?”
Toda la aventura trágica y divina de nuestra vida, está en dejarnos guiar por las manos
de Dios. Pero hay en nosotros un elemento difícil, esquivo, peligroso: la libertad. Y Dios
la respeta misteriosamente, infinitamente.
Para conquistarnos dispone Dios de dos manos, la derecha y la izquierda que
representan dos técnicas y dos tácticas. La mano derecha es clara, abierta,
transparente, luminosa. La mano izquierda busca atajos, da rodeos, es cálculo,
diplomacia, no tiene prisa, si es necesario actúa a distancia y finge la voz, pero aunque
izquierda no es maquiavélica ni traidora, porque la mueve el amor.
Para cada alma Dios tiene dos manos, pero las emplea de modo distinto porque todas
las almas son diferentes. Con la derecha, como a palomas blancas o a ovejas dóciles,
Dios guiaba a Juan Evangelista, a Francisco de Asís, a Juan de la Cruz, a Francisco
Javier, a las dos Teresas...
Para conquistar a Pedro, a Pablo, a Magdalena, a Agustín, a Ignacio de Loyola, Dios
tuvo que emplear la izquierda. Ante la mano derecha, se rebelan, entonces entra en

juego la izquierda, busca un disfraz y se trueca en rayo, en bala, trata de ser freno que
nos detenga, quiere alzarnos del barro en que caímos, se nos mete en el pecho para
ver si logra ablandar nuestros corazones. Sus recursos son infinitos, hoy la disimula con
modernos y actuales disfraces, es el ser más actual...
¡Se rompe una presa que arrastra mis fincas! Tengo un descuido inexplicable en el
trabajo, y la máquina me siega un brazo. Íbamos en coche a 100 por hora, nos salió
inesperadamente un camión, murieron en el acto mi mujer y un hijo, y quedé solo en la
vida. Jamás he tenido una enfermedad, pero me dice el médico que tengo algo
incurable...
Ante la mano izquierda de Dios, la primera reacción es un grito de rebeldía y
desesperación, olvidamos la presa, el coche, el traidor, la muerte, porque adivinamos
que ellos no tienen en definitiva la culpa, presentimos a Dios como responsable de ese
dolor, que por ser tan terriblemente profundo, no puede venir de las criaturas y
lógicamente nos encaramos a Dios. ¡Le gritamos, le emplazamos, le protestamos, le
exigimos, le desafiamos, le condenamos! “¡PADRE…! ¡SI FUERAS PADRE, NO ME
TRATARÍAS ASÍ!” Gritamos, protestamos, nos rebelamos y luego… nos quedamos
solos.
Y vienen las primeras lágrimas nerviosas y quemantes, y sin darnos cuenta, la primera
oración. Volvemos a protestar contra Dios, contra nuestra primera oración... Sucede el
cansancio, las lágrimas ya son más serenas, ya rezamos sin protestar, tenemos ganas
de besar algo, ¿Qué? Oh sí, eso, ya lo encontramos, un crucifijo, y con un beso le
decimos a Dios, que está bien lo que Él disponga...
Terrible, violenta, dura, implacable, pero bendita mano izquierda de Dios. Se formulan
absurdas expresiones: “Bendita presa que se rompió, arrasó mi fábrica, pero me acercó
a Dios, yo andaba muy lejos de Él”.
Cristo mío roto, te lo digo en nombre mío y de todos, porque todos somos valientes para
pedírtelo desde ahora: Señor, si no basta para salvarnos la ternura de tu mano derecha,
desclava tu izquierda, disfrázala de lo que quieras: fracaso, calumnia, ruina, accidente,
muerte. Cristo, que seamos hijos de tu mano, de tu derecha o de tu izquierda.
A la cabecera de tu cama, amigo, o en tu mesita de noche, tienes un Cristo clavado en
la cruz, ¿Por qué esta noche, antes de acostarte, no le besas la mano izquierda? Dios
sabrá compensarte ese gesto de valor y resignación cristiana.

Se ha perdido una Cruz

¡Atención! Se ha perdido una cruz y no se da con ella, es la de mi Cristo roto. ¿Alguno
de vosotros, ha encontrado una cruz? ¿Queréis las señas? ¿El tamaño? No es muy
grande, pero es una cruz y no hay cruz pequeña, además es una cruz para Cristo y
entonces no hay modo de medirla, con estas señas basta porque en definitiva todas las
cruces son iguales.
Perdonad pues mi insistencia, ¿Quién de nosotros no ha encontrado una cruz? Mejor
dicho: ¿Quién no tiene una cruz? Es un derecho de propiedad irrenunciable que se está
ejerciendo siempre, todos la llevamos. La llevamos encima, a cuestas, aunque no se
nos vea, aunque sonriamos.
A veces por oculta, es más pesada. Esta noche al acostarnos, no podremos dejarla
colgada en la percha, al levantarnos mañana, no será necesario vestírnosla, saltaremos
de la cama con ella ya puesta.
¿Que quién ha encontrado una cruz? Todos… todos, buenos y malos, santos y
criminales, sanos y enfermos, ni siquiera respeta a los que parecen desafiar el dolor con
las carcajadas y juergas de su vida.
Esa pobre mujer, que repintada y aburrida espera sentada a la barra de la cafetería o
arrimada a la esquina estratégica, lleva una pavorosa cruz a cuestas, pesa tanto, que
se apoya recostándose en la esquina, es una cruz más pesada de lo que sospechamos
y el que se acerca a ella buscando el placer, lo hace por huir de otra cruz. Hablan los
dos, regatean, prometen, se arreglan al fin y allá van por la calle adelante, con prisa y
con la cruz a cuestas, y cuando regresan, cuando ya han tratado de aplacar su hambre
de felicidad, sienten defraudados que ha aumentado su cruz, que es mayor. En ella,
asco y envilecimiento, en él, desolación.
Toda ciudad en definitiva es un bosque, una selva, una colmena de cruces, ¿Y sabes
amigo por qué a veces nuestra cruz resulta intolerable? ¿Sabes por qué llega a
convertirse en desesperación y suicidio? Porque entonces nuestra cruz, es una cruz
sola, sin Cristo, solamente se puede tolerar cuando lleva un Cristo entre sus brazos.
Una cruz laica, sin sangre ni amor de Dios, es absurda, no tiene sentido, por eso, se me
ocurre una idea: Yo tengo un Cristo sin cruz y tú tienes, tal vez, una cruz sin Cristo. Los
dos están incompletos. Mi Cristo no descansa, porque le falta su cruz, tú no resistes tu
cruz porque te falta Cristo. ¿Por qué no le das esta noche tu cruz vacía al Cristo? Tú
tienes una cruz sola, vacía, helada, negra, sin sentido. Te comprendo, sufrir así es
irracional y no me explico ¿Cómo has podido tolerarla tanto tiempo? Tienes el remedio
en tus manos… anda, dame esa cruz tuya, dámela, te doy en cambio, este Cristo sin
reposo y sin cruz. Tómalo, es tuyo, dale tu cruz, toma mi Cristo; júntalos, clávalos,
abrázalos y todo habrá cambiado.

Mi Cristo roto descansa en tu cruz, tu cruz se ablanda con mi Cristo en ella. Hemos
encontrado una cruz, la nuestra, que resulta ser la de Cristo...

¡¿Quién te partió la cara?!

Cristo, yo había oído muchas veces esta amenaza en labios trémulos por el odio:
“¡MIRA QUE TE PARTO LA CARA!” Y siempre pensé que todo suele quedar en un
puñetazo, un bofetón, una cuchillada en la mejilla. Sólo en Ti se ha cumplido
literalmente la brutal amenaza, te han partido la cara de un solo tajo.
Yo se la hubiera restaurado, pero Él me lo prohibió. Por eso me dedico en un juego de
fantasía y cariño, a restaurársela idealmente, colocando sobre su cabeza sin facciones,
las caras que para mi Cristo, ha soñado el arte universal. Consumo en este juego,
museos, colecciones, galerías, catedrales, pinacotecas. Todo va pasando por el tajo de
su cara en un desfile lento, y me siento Velázquez o Juan de Meza, con un patetismo
barroco, o Montañés con olímpica belleza, o Leonardo, de infinita tristeza.
Pero desde hace unos días, he tenido que renunciar también al consuelo de este juego,
¡el Cristo roto es terrible en su exigencia!, no concibe treguas, y me lo ha prohibido
también. Yo creí al principio que le gustaba, al menos lo toleraba silencioso, hasta que
un día me interrumpió severamente:
- ¡BASTA! No me pongas ya más caras, he tolerado tu juego demasiado tiempo. ¿No
acabas de comprenderlo? No me pongas más esas caras que pides de limosna, al arte
de los hombres. ¡Quiero estar así, sin cara! Prometiste que jamás me restaurarías… a
no ser, que quieras ensayar otro juego, ponerme otras caras. Esas… sí las aceptaré.
- ¿Cuáles Señor? Te las pondré enseguida. Dime qué caras y te las pongo.
- Temo que no lo entiendas, incluso que te escandalices como los fariseos... Me refiero
a otros rostros, pero reales, no fingidos como los que inventabas, y que son también
míos, como el que me cortaron de un tajo.
- Ahh, ya creo adivinar Señor, te refieres a las caras de los santos, de los apóstoles, de
los mártires…
- Esas caras en verdad, son mías. Nadie me las niega ni me las regatea. Pero yo quiero
otras, las reclamo, muy pocos se atreverían a ponérselas, Yo sí.
Hizo un descanso, como para tomar fuerzas. Respiró profundamente. Yo estaba
asustado, tenía miedo, pero no había remedio. Entonces me dijo:
- Oye, ¿No tienes por ahí un retrato de tu enemigo? De ese que te tiene envidia y que
no te deja vivir; del que interpreta mal por sistema todas tus cosas, del que siempre va
hablando mal de ti, del que te arruinó, del que dio malos y decisivos informes sobre ti,
del traidor que te puso una zancadilla, del que logró echarte del puesto que tenías, del
que te denunció, del que te metió en la cárcel...
- Cristo, ¡no sigas!
- Es demasiado, ¿Verdad?
- Es inhumano, es absurdo…
- ¿Te has fijado bien en la cara de los leprosos, de los anormales, de los idiotizados, de
los mendigos sucios, de los imbéciles, de los locos...?
- ¿Y...? ¿Y me vas a decir Cristo, que esas caras son tuyas y… y que te las ponga? No,
no, imposible.
- ¡Espera! no acabo aún... Toma bien nota de esta última lista y no olvides ningún
rostro: Tienes que ponerme la cara del blasfemo, del suicida, del degenerado, del
ladrón, del borracho, del asesino, del criminal, del traidor, del vicioso. ¿No has oído?
¡Necesito que pongas todos esos rostros sobre el mío!
- …No, no Señor… -contesté— ¡No entiendo nada! ¿Todos esos rostros miserables y
corruptos sobre el tuyo, sagrado y divino?
- ¡Sí, así lo quiero! ¿No ves que todos ellos pertenecen a esta pobre humanidad
doliente creada por mi padre? ¿No te das cuenta que yo he dado la vida por todos?
Quizá ahora comprendas lo que fue la Redención.
Escucha: Yo, como hijo de Dios, me hice responsable voluntariamente de todos los
errores y pecados de la humanidad. Todo pesaba sobre Mí, mi Padre se asomó desde
el cielo para verme en la cruz y contemplarse en Mi rostro, clavó sus ojos en Mí y su
pasmo fue infinito. Sobre mi rostro, vio sobrepuesta sucesiva y vertiginosamente las
caras de todos los hombres. Desde el cielo, durante aquellas tres horas terribles de mi
agonía en la cruz, contemplaba el desfile trágico de la humanidad vencida, mientras
tanto Yo le decía:
“¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!” No era Yo sólo quien moría en la
cruz, eran miles y miles de dolientes seres humanos, derrotados muchos por sus
propias pasiones, por sus errores, por sus pecados. El desfile era terrible, repugnante,
grosero. Mi Padre vio pasar sobre mi rostro la cara del soberbio; la del sectario,
imaginando la destrucción de Dios, la del asesino frío y desalmado...
Había labios repugnantes, ojeras hundidas marcadas con fuego de lujuria, alientos
insoportables de ebriedad, palidez de madrugadas encenagadas en el vicio, sórdidos
rictus de amargura y desesperación, turbadoras miradas de perversión y delito, de

subterráneas anormalidades inconfesables y oscuras. Toda la derrota y las lacras de
una humanidad irredenta, la agonía, la muerte. Y mi Padre… Dios, las amó a todas y
perdonó sus pecados”.
Mi Cristo calló, qué pobre y ridículo me pareció el arte de los hombres y qué profundo e
insondable el amor de Dios. Y desde entonces, enmudeció. No volvió a hablarme más.
No olvidemos nunca esta suprema y difícil lección. No olvidemos nunca la superficie lisa
del rostro de mi Cristo, tajado verticalmente. Podríamos compararlo con un portarretrato
vacío. En él se nos ofrece la oportunidad de colocar la cara de aquél o aquellos que nos
han hecho daño o que odiamos profundamente, haciéndonos más daño a nosotros
mismos que a quien es objeto de nuestro rencor.
¡Sí…, sí, seamos valientes! Recordemos el rostro que mayor odio y antipatía nos
produzca, acerquémoslo a Cristo, aunque sintamos temblar nuestro pulso.
Coloquémoslo sobre el suyo e imaginemos que nuestro enemigo, ese ser que odiamos,
ocupa su lugar en la cruz. Cerremos los ojos, acerquémonos al crucificado y besemos
reverentes y humildes su figura.
Al besar un Cristo, con el rostro de nuestro enemigo, nos envolverá una voz cálida y
musical, paternal y bondadosa. Aquélla que hace muchos siglos nos dejara la más
grande y maravillosa herencia que hombre alguno pueda tener, encerrada en sólo seis
sencillas palabras: “Amaos los unos a los otros”.

Esther

 
 Re: MI CRISTO ROTO...leanlo es buenisimo...
Autor: Edgar FGC (201.144.93.---)
Fecha:   07-20-05 18:02

Muchas gracias Esther, tu mensaje ha sido para mí una gran lección y una bendición inconmensurable.

Dios te bendiga


Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.

 
 Re: MI CRISTO ROTO...leanlo es buenisimo...
Autor: Manuel Jorge (80.58.12.---)
Fecha:   07-21-05 04:10


Muchas gracias por tu relato, de verdad es para reflexionar, aunque cualquier acto o consecuencia nos debería llevar a la reflexión y a la meditación, pero delante de nuestras narices ocurren tantas cosas todos los días, que tenemos los ojos cerrados y el corazón blindado, y no nos damos cuenta de verdad, que en esos momentos CRISTO para delante de nosotros.

Un saludo

manolo

 
 Re: MI CRISTO ROTO...leanlo es buenisimo...
Autor: Albert González Villanueva (66.50.23.---)
Fecha:   07-21-05 10:54

Estimado Manuel y Edgar:

Si les gustó la reflexión que nos propone Esther, les encantará el libro en su totalidad. Les recomiendo que lo lean, es realmente estupendo. Lean el libro y luego vean a Cristo roto en los hermanos que le rodean, porque todos guardamos un Cristo roto en el corazón que se refleja a los demás en nuestras debilidades y flaquezas, en nuestras fallas y pecados. Veamos esos Cristos rotos y comencemos la restauración. Solo así arreglremos este mundo que va en decadencia. Dios les bendiga.

PD ¡Gracias Esther!



Con amor en Cristo y María

Cruz de Luz

 
 Re: MI CRISTO ROTO...leanlo es buenisimo...
Autor: Viviana Suarez (205.188.116.---)
Fecha:   08-16-05 16:44

Donde puedo encontrar el libro si me encanto el articulo ya me imagino como sera el libro, poco quisiera ir conociendo mas del Señor porque eso me llena de felicidad me da energia me consuela y reafirma mi fe, agradeceria mucho la informacion acabo de mudarme a esta cuidad y no conozco nada. Espero su contestacion.


Que Dios derrame muchas bendiciones sobre todos aquellos que exparcen sus palabras sobre aquellos que necesitan saber de el y comparten sus experiencias que nos dan la certeza de que un Dios vivo y verdadero esta entre nosotros y con nosotros siempre y que a veces por la ceguera cronica de nuestras almas no la vemos.

Viviana M Suarez

 
 Re: MI CRISTO ROTO...leanlo es buenisimo...
Autor: tarsi (195.235.224.---)
Fecha:   08-29-05 17:09

Efectivamente, este libro vale la pena leerlo. El Padre Ramón Cué, el autor (que en paz descanse ),lo alumbró, en forma de charlas cuaresmales , que se daban en TVE (televisión española ) , cuando España era llamada "La reserva moral de occidente ". Como resultaron muy apreciadas aquellas charlas, se editó en libro, y ahora creo que existe en cinta.

Me he acordado ucho de pasajes del libro al correr de los años,la mano derecha de Cristo.....la que acaricia.....y la mano izda ......esa es la estratega....En fin una delicia de libro que os recomiendo.

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